Fernando Vazquez Rigada, Author at Fernando Vazquez Rigada https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/author/fernando-vazquez-rigada/ Blog Tue, 01 Dec 2015 17:25:37 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.7.2 230432060 EL ALEBRIJE https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/2015/12/01/el-alebrije/ https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/2015/12/01/el-alebrije/#comments Tue, 01 Dec 2015 17:25:37 +0000 http://fernandovazquezrigada.com/?p=4490 Por Fernando Vázquez Rigada   A la memoria de Rafael Olvera Carrascosa I   El día más triste es cuando los recuerdos se apagan. Cuando el fuego se consume. Cuando el mar se aleja. Cuando el amor se acaba. El día más triste es cuando el pañuelo se seca y ninguna mano aprieta. Cuando media […]

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Por Fernando Vázquez Rigada

 

A la memoria de Rafael Olvera Carrascosa

I

 

El día más triste es cuando los recuerdos se apagan. Cuando el fuego se consume. Cuando el mar se aleja. Cuando el amor se acaba.

El día más triste es cuando el pañuelo se seca y ninguna mano aprieta. Cuando media cama está tendida. Cuando ya ni el frío nos pega. Cuando los acordes no suenan.

El día más triste es cuando cae la trinchera. Cuando se bajan las banderas. Cuando los párpados se acuestan.

El día más triste es cuando a tu compañera la nombras “Soledad”. Cuando no hay ni un alma que salvar. Cuando arrumbas la dignidad en un desván. Cuando no hay pendientes que desahogar.

El día en que, sin quererlo, sin intuirlo, sin advertirlo, el burel te atraviesa y te cortas, para siempre, la coleta.

 

II

 

Conocí a Rafa hace, no sé, 14 o 15 años. Entró a mi oficina con esa sonrisa franca y abierta que daba calor de inmediato. A partir de ahí fuimos amigos.

Compartíamos, entonces, funciones de gobierno. Él se encargaba de administrar un fideicomiso de apoyo empresarial. Yo atendía la política de la Secretaría. Un día, mientras él negociaba la compra de terrenos ejidales para erigir el Parque Industrial Santa Fe, cerca del Puerto de Veracruz, un ejidatario, portavoz del grupo minoritario, salió a medios a acusarlo. Dijo que les engañaba. Que les ofrecía migajas por su tierra. Que incumplía. Era falso. Pero la libertad es así: todos tienen derecho a decir su historia. Lo mejor fue el final:

-Se llama Rafael Olvera, pero no es un funcionario, ni un negociador, ni es nada. Es un alebrije.

Voces maledicentes, que siempre me han acosado, han esparcido la venenosa especie de que suelo poner apodos. Calumnias. En este caso, salí a defenderlo a medios. El asunto se cerró, pero el sobrenombre se perpetuó: el alebrije.

 

III

 

Contaba una historia que le gustaba. Al terminar nuestra función pública, se emprendieron diversos ataques contra la administración de Miguel Alemán, hechos por aquellos que, hasta hoy, han saqueado sin misericordia ni pudor a Veracruz. La mayoría optó por guardar silencio. Nosotros no. Defenderíamos nuestro nombre y nuestra integridad, nada que esconder en el clóset. Juramos:

-Nos morimos en la raya.

Ahí nos terminamos de hermanar.

 

IV

 

Era generoso hasta el exceso. Tenía una bondad que no le cabía en el abrazo. Cuando mis cosas no iban bien, pesaroso siempre un arranque, él me invitaba a comer. Me regalaba libros. Me daba peliculas.

Fue siempre amigo firme en las horas frágiles. Esas, en las que más se necesitan brazos.

 

V

 

Cuando al fin se divorció, la emprendió con galanura y testosterona contra todo aquello que se movía. Temible su carisma, su chispa, su alegría.

Una tarde, en una fiesta de matrimonios, cayó en el escándalo. Al parecer, no tejió bien el consenso con una amiga en común y casi le abofetean. Las indagatorias posteriores, inconclusas, concluyen que, desafortunadamente, no sólo había sido un consenso frágil: no había consenso en absoluto. El alebrije había lanzado un ataque demoledor por sorpresivo. Sorpresivo y, a la postre suicida.

Lo hizo frente a nuestras esposas. El eje del mal en pleno lo condenó al ostracismo, inútil la explicación absolutamente razonable del alebrije: había tropezado y por un infortunio había caído en las piernas de la dama. Radicalizada la ira hasta cegar la comprensión, mutilada en el grupúsculo de mujeres la credulidad, el eje del mal lo condenó. Sólo un amigo, Manuel Del Rosario, el Gran Maese, se atrevió a asumir la ingrata posición de defensor de oficio. Dió igual. Expulsado.

Hablé con él.

-Tendrás que desparecerte unos meses, hasta que amaine la tormenta.

Pactamos, otra vez. Nos veríamos, una vez al mes, sólo hombres, en el Llagar.

 

VI

 

Fui a sus informes como director de la facultad de Contabilidad y Administración de la UV. Supe de su trabajo. De su vocación. De su cercanía. Los maestros lo reconocían. Los alumnos lo admiraban. Todos lo respetaban.

Cuando el país se descompuso, opté por dar un ciclo de conferencias. México estaba destinado a morir si todos callábamos. El primer paso del deceso de un país es la conformidad. Titulé mi conferencia “Lo que queda de México”: era un llamado a la indignación, al grito, a la acción.

Tomando todos los riesgos, con bravura, me abrió las puertas de la UV, embravecido el ambiente estudiantil por Ayotzinapa. La universidad, si deja de ser abierta, deja de ser universidad. Llegaron, desconfiados, los muchachos que encabezaban el movimiento de los 43. Uno de sus líderes, lamento no saber su nombre, me felicitó en público cuando terminé y arengó a la mayoría pasiva a actuar en favor de la justicia en un país que la ha olvidado. Olvera se llevó un gran aplauso.

No era sólo un director. Era un líder.

 

VII

 

La última vez comimos un viernes en el Llagar. Descorchamos dos botellas de vino, orgánico, del Valle de Guadalupe. Compartimos ese invento maravilloso: la mesa. Hablamos de todo y de nada. Reímos de las mismas historias que habíamos oído veinte, treinta veces. Nos confiamos secretos. Discutimos. Nos regañamos. En fin: refrendamos en los hechos esa complicidad, esa tolerancia, ese cariño y ese calor al que llamamos amistad.

Escanciada la segunda botella, apelé a mi costumbre. Con la boca soné la trompeta del cambio de tercio. Llegaron los fuertes. Un amigo de él había muerto recientemente, fulminado sin clemencia por un infarto seco, inapelable. Jarocho, le dije:

-Muerto Juan, eres el que sigue. Ya oigo a los zopilotes.

Xalapeño, me soltó, como tantas veces:

-Pinche Vázquez, ya te habías tardado.

Reímos. La muerte es siempre una imposibilidad, hasta que llega.

Poco después dijo voz en cuello: ” !Váaaaaamonos!” que anunciaba el final de la comida y me llevaba, por el antebrazo del recuerdo, a la estación de Veracruz donde se anunciaba la partida del tren que me llevaría a México siendo un niño.

Quedamos de vernos en la primera oportunidad. Ya no llegó. Quedó pendiente hasta nuevo aviso.

 

VIII

 

La muerte lo seguía hace tiempo. Una vez, hace unos años, regresando de México encontré cerca de Perote lo que quedaba de su carro. Era un acordeón. Un trailer lo había embestido por atrás y lo había catapultado hacia el auto de enfrente. No quedaba nada, salvo los asientos delanteros. Un milagro. Una coincidencia que yo hubiera pasado dos minutos después. Tras el susto, brindaba el Alebrije:

-Volví a nacer.  !Sólo que igual de parrandero!

Años después tuvo un serio percance que le hizo caer y golpearse el cráneo. Estuvo muchos días hospitalizado en México. Lo fui a ver a un hospital de Santa Fe. Me dolió mucho su condición. Su recuperación fue, otra vez, milagrosa.

Tras penosos días de terapias, volvió al ejercicio, cerró un ciclo tremendamente productivo en la UV, compitió para ser presidente del club Britania, y fue nombrado Director de Desarrollo Económico en Xalapa. Supo levantarse de aquel accidente con mucha paciencia y garra. Tenía mucho amor por la vida, entendida, como todos, a su manera.

Cuando brillaba, le llegó una cita inesperada.

La tercera fue la vencida.

 

IX

 

Rafa vivió su vida. Como la canción de Sabina que tanto nos gustaba, derrochó la bolsa y la vida. Supo del suelo y también del cielo. Era talentoso y con una vocación inagotable para generar a su alrededor afecto.

Entre tanta tristeza da gusto ver que se marcha entre tanta gente que lo quiso. Debe ser lindo que, cuando llega tu final, antónimo de Gatsby, lleguen tantos a decirte adiós.

No hay palabras para despedir a un amigo. Hoy me parece que Dios nos da pruebas de su existencia cuando coloca a tipos excelentes como Rafa en nuestra ruta. ¿Para qué queremos más que eso?

Tenemos, él, Zamora y yo, una comida pendiente. Llegará, algún día. Descorcharemos otro Valle de Guadalupe y pondremos al Alebrije al día de todo lo que ha ocurrido desde su partida. Invitaremos a Del Rosario, aunque no pague. Celebraremos lo que juntos fuimos, lo que somos y lo que, -¿quién sabe?- seremos.

Volveremos, algún día, a estar juntos.

Qué bueno que así sea. El día más triste es cuando ya no tienes pendientes que desahogar.

Iré a la cita, puntual, cuando en mi sueño escuché su llamado:

-Vámoooooooooonos.

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EL TENIENTE https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/2014/11/05/el-teniente/ Wed, 05 Nov 2014 15:45:28 +0000 http://fernandovazquezrigada.com/?p=4043 Lo llamamos Héctor, por descarte. Estuvimos proponiendo, mi esposa y yo, alternadamente, nombres. Habíamos llegado al acuerdo que tendría que haber coincidencia de ambos. Un veto eliminaba la propuesta. Casi agotamos todos los nombres. Me preocupé cuando mi esposa comenzó con un recorrido histórico: Emiliano, Venustiano, Maximiliano. Yo vetaba, cada vez con mayor angustia. A […]

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Lo llamamos Héctor, por descarte. Estuvimos proponiendo, mi esposa y yo, alternadamente, nombres. Habíamos llegado al acuerdo que tendría que haber coincidencia de ambos. Un veto eliminaba la propuesta.

Casi agotamos todos los nombres. Me preocupé cuando mi esposa comenzó con un recorrido histórico: Emiliano, Venustiano, Maximiliano. Yo vetaba, cada vez con mayor angustia. A este paso, íbamos a terminar en Acamapinchtli.

Acamapinchtli Vázquez Avila. No me latía nada.

De pronto, surgió: Héctor. Ese era.

Héctor tardó en caminar. Solía gatear con gran agilidad. Con todo, más que gatear le gustaba arrastrarse. Se sostenía con los codos y así avanzaba. Tipo pecho a tierra. De ahí salió su mote, que mantiene hasta la fecha: “teniente”.

El teniente porta orgulloso su grado. Un día un amigo lo quiso ascender a Capitán. Héctor se negó. Teniente era y seguiría siendo.

Fuimos a Boston. Le dije que me gustaría que conociera Harvard. Me preguntó:

-¡Ah, la universidad donde estudiaste¡

-No. La universidad en la que vas a estudiar.-Reviré.

Puso ojos de plato, pero asumió el reto con ecuanimidad.

Hace unas semanas volvimos a Boston. Tomamos un paseo en un transporte anfibio de la Segunda Guerra Mundial. El “duck”. Cuando entramos al río, el guía cedió el mando a los turistas. El teniente se apuntó para conducirlo. Micrófono en mano, el guía comenzó a entrevistarlo. Nombre, nacionalidad. ¿Primera vez en Boston? ¿A dónde iban a ir de visita? Contestó, gallardo, el teniente:

-A Harvard. Ahí voy a estudiar.

El guía alzó las cejas y dijo, como buen gringo:

-¡Uuuoooouu¡ ¡Muy bien¡ Y se puede saber, ¿qué vas a ser de grande que vas a ir a Harvard?

Categórico, el teniente refrendó su vocación:

-Futbolista.

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La Verde https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/2014/06/30/la-verde/ https://renovacion.fernandovazquezrigada.com/2014/06/30/la-verde/#comments Mon, 30 Jun 2014 23:48:25 +0000 http://fernandovazquezrigada.com/?p=3785 LA VERDE Por Fernando Vázquez Rigada. Ayer volvimos a perder. Como siempre. Como nunca. He padecido el fútbol nacional desde hace décadas. Conozco este sabor amargo a derrota. Las lágrimas de mis hijos cuando se marca el penalty fatal. El derrumbe en el minuto final. Las calles vacías. Perdimos. Como siempre. Como nunca. Karl Sagan […]

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LA VERDE

Por Fernando Vázquez Rigada.

Ayer volvimos a perder. Como siempre. Como nunca.

He padecido el fútbol nacional desde hace décadas. Conozco este sabor amargo a derrota. Las lágrimas de mis hijos cuando se marca el penalty fatal. El derrumbe en el minuto final. Las calles vacías.

Perdimos. Como siempre. Como nunca.

Karl Sagan dijo en un libro maravilloso, Miles de millones, que las competencias deportivas representaban siempre una mezcla de orgullo, de simbolismo, de representación de una unidad geográfica y social. Son importantes porque nos identifican ante los demás.

Tenía razón. El deporte es la competencia en donde unos cuantos representan a millones. Se lucha. Se suda. Se comulga.

Perdimos como nunca. O como siempre. Pero jamás había visto una selección, como la de ayer, que no padeciera ese escalofrío mortal que es el miedo. No recuerdo una transformación vital así: pasar de ser vergüenza a inspiración nacional. No recuerdo una cosecha de ilusiones a partir de un primer juego. Ni creer posible empatarle a Brasil en Brasil. Ni una sociedad que se uniera, que soñara, que se abrazara en entusiasmo.

No recuerdo que nos fijáramos una meta tan alta y que creyéramos, juntos, poder alcanzarla. Ni cantar que hay que saber llegar, pero que se puede llegar primero.

Rescato esa lección seminal. Hubo una especie de depresión por la derrota. Ni hablar. Pero, ¿si hubiéramos ganado? ¿Qué sería hoy de México? ¿Soñaríamos en derrotar a Costa Rica? ¿En llegar a la semifinal? ¿Enfrentar, por qué no, a Alemania y derrotarla en la final?

El juego no es un juego ni se acaba en 90 minutos. Ese es el punto.

México fue capaz de verse a sí mismo grande. Digno. Entusiasta. Pujante.

No somos menos que eso. No merecemos menos que eso.

Vi, antes, las calles con gente que portaba orgullosa una camisa, la verde, que miraba a los demás como cómplices de un gran logro nacional. Vi banderas en las calles, sin ser septiembre.

Vi el orgullo recuperado. La victoria en las pupilas. La posibilidad de amanecer diferentes.

El juego es la fe que pueden despertar los grandes momentos colectivos de inspiración. Aspirar a ascender a dónde antes ni siquiera nos atrevíamos a mirar.

El nombre del juego no es fútbol. Es México. Y México es una idea común y un destino compartido. Uno que puede ser como nosotros estemos dispuestos a soñarlo, a imaginarlo, a construirlo y a protegerlo.

Por eso digo que ayer perdimos, sí. Como siempre. Pero, ojalá, como nunca. Hoy, lunes, ha empezado otro juego. No te quites la verde. Que esto apenas comienza.

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